El camino de la fe para la defensa de la vida

No ha sido la primera vez que escucho una parte dirigirse a la otra bajo el argumento de “ellos no entienden”, “no es posible hablar con ellos”, “no hay forma de hacerles entrar en razón”, “es una pérdida de tiempo hablarles”. Estrenándome en la Vicaría de Derechos Humanos de la Arquidiócesis de Barquisimeto, y formando parte de un fabuloso y variadísimo equipo bajo la coordinación del P. Juan José Aldaz, me ha tocado ver de cerca las labores de mediación del Cepaz-Lara, con la Dra. Nelly Cuenca de Ramírez, y el Centro de Resolución de Conflictos. Y si bien los argumentos no son nuevos, lo novedoso ha sido conseguirlos en ambos bandos del conflicto, es decir, tanto en quienes se oponen y protestan como en quienes hacen uso de las fuerzas del orden y la represión (sin darles una connotación negativa de antemano). Como también el que reza “la violencia es el arma de los que no tienen la razón”, todo un principio epistemológico para personas polarizadas emocionalmente en los dos lados y que no amerita sutiles análisis.

 

Es decir, la primera víctima de la situación (y la represión) es la palabra, que comienza a resonar en el vacío. Las ondas que se expanden no son de significados, sino de emocionalidad en contra del otro, que obstruyen aún más la comunicación en su sentido más cercano a su etimología: poner en común, crear cauces para que fluya y se comparta el mundo interior, cuya existencia revela la palabra.

 

Sacrificar la palabra es, en muy buena parte, sacrificar al ser humano. Él es ser para la relación que consigue en la palabra la mediación entre su interioridad y la exterioridad del encuentro de mi yo con el otro-yo. La palabra evidencia el sentido insustituible del ser humano, exhibiendo su irrepetibilidad, su ser único, su singularidad, su naturaleza individual (esto es, indivisible, que no puede reducirse ni siquiera a otros dos menores).

 

Pero, por otro lado, la palabra revela que esa singularidad no es para el aislamiento, sino para la relación. Sin relaciones el ser humano se queda sin norte: está llamado a la comunión, al encuentro con otros, a realizarse en la interacción con los demás. El sentido de “persona” de la moderna antropología, revela la simultaneidad de ambas dimensiones, que no acepta la reducción ni al individualismo ni al colectivismo, excluyendo cualquier sistema que no respeta la primacía y centralidad de la persona humana y pretenda cualquier proyecto al margen.

 

Cuando se ha hablado del “daño antropológico” para el caso de nuestro país en estos últimos tres lustros, no solo se quiere referir al desgarramiento social por la adversidad o el odio, sino al no reconocimiento del otro como otro-yo, distinto de mí, pero idéntica singularidad, originalidad y dignidad. No solo al “otro” individual, sino al otro que forma parte o identifico dentro de un grupo mayor, colectivo, grupo social, sociedad y país. Sería lo que el papa Francisco identifica como “pueblo”, que se diferencia de la concepción marxista de clase identificada al proletariado y, como más, campesinado.

 

En la medida en que se da la identificación del otro no como distinto sino como extraño, se va esfumando la singularidad en confusas percepciones colectivas. Ya la psicología del Gestalt a finales del siglo XIX advertía sobre ese mecanismo: mi percepción (e interpretación) la generalizo negando las singularidades y diferencias en objetos, experiencias, plantas, animales y hasta las personas. Como si los seres humanos fuésemos comparables a piezas fabricadas en serie.

 

El llamado “daño antropológico” tiene consecuencias fatales dentro de grupos que comparten espacios e historia, no solo por lo que implica de necesario el encuentro cotidiano con estos “otros”, sino porque como país se necesita establecer acuerdos de convivencia, pactos sociales y proyecto común. Los discursos polarizadores son tales en cuanto ha apuntado a cargar de emociones las masas, no en hacerlas partícipes de una interioridad superior, cuando parte de la magia de la palabra ha consistido en darle cauce humano a las mismas, dotándolas de cierta racionalidad y direccionalidad constructiva. La carga emocional en sí misma puede ser altamente destructiva o beligerante o de confrontación. Pueden ser propias de las arengas militares o, en menor grado, deportivas y electorales, cuando el voto es mercancía y no una expresión racional de libertad política.

 

La expulsión de la palabra como forma de encuentro tiene hondas repercusiones en la humanización de los conflictos y de la vida. Pero conlleva también una importante pérdida teológica, puesto que Dios se revela por la Palabra, que dota de sentido a sus acciones y las acciones permiten entender el alcance de las palabras reveladas. El mismo Jesús es presentado por Juan como la Palabra. Y la Palabra encarnada es el centro y criterio hermenéutico para comprender la Palabra revelada (Devarim, en hebreo, significa “las palabras”, que en sentido propio se refiere al nombre del libro del Deuteronomio). Esto no entendido como un problema de orden intelectual para comprender una formulación doctrinal, sino para encontrarse con la manera como Dios se ha hecho accesible en Jesús, clave hermenéutica de la vida. Y esto no de manera atemporal, sino en medio de las vicisitudes de la historia.

 

 

Por supuesto que, en estos momentos de polaridad y desilusión por el ser humano, ya que no se cree en el otro, hay que apelar a las reservas cristianas que hay en la sociedad venezolana en general, sin distinciones. Ese es el sentido por lo sagrado que hay en el venezolano (re-ligare, que es el término que está a la base de la palabra religión). Esta reserva que puede alcanzar su máximo dinamismo cuando, como ocurre con la auténtica religiosidad popular, están animados por fe como don teologal. Lo que se llamaba “sobrenatural”, que tiene algo de confuso desde Rahner hasta nuestros días, aunque haya sido una innovación de otro prominente jesuita llamado Francisco Suárez (siglo XVII).

 

Esta fe teologal tiene características distintas de la simple confesión religiosa a modo ideológico y a la pertenencia a un grupo: presupone el encuentro con Alguien. Ese Alguien convulsiona todas las relaciones humanas para darles una profundidad y firmeza distintas. Es el encuentro con Jesús de Nazaret, “a quien tú persigues”, como en el caso de san Pablo (cf. Hch. 9,5). En efecto, la fe supone un encuentro que trastoca el ser humano y, por lo tanto, toda la manera de relacionarse con Dios, los otros, la creación y la persona misma. Esto le dota a la Palabra de una autoridad nunca antes concedida, al punto que Mons. Romero le recordaba, a aquellos que reprimían al pueblo de El Salvador, que por encima de la voz que ordena “dispara”, está la voz de Dios que dice “no matarás”.

 

En la Palabra el otro aparece como un hermano, a quien aproximarse, aunque pertenezca a otro grupo étnico, como el caso del caminante apaleado en la parábola del buen Samaritano (cf. Lc. 15,11-10). En el débil y desvalido está Jesús, según el “protocolo del juicio final” (papa Francisco), que es Mt. 25,31-46.

 

La autoridad de la Palabra de Dios es la que hace que se tome en serio su contenido. De manera técnica se dice que hay que “creer a Dios” (“credere Deo”) para luego creer en lo que Dios revela de sí o lo que Dios revela en su Palabra (“credere Deum”). Y tal situación de un Dios que habla debe siempre incomodar, en el sentido etimológico de sacar de lo conveniente. Siempre es un Dios que tiene algo que decir u objetar, cosa que se combina con su amor de misericordia. No es un amor complaciente, que reafirma en lo cómodo (conveniente), sino un amor que saca de las conveniencias y pone en camino de la verdad., en actitud de peregrino, en éxodo, en salida de sí (con todas las consecuencias que tiene para la misma Iglesia). Por supuesto que la autoridad de la Palabra hace que su contenido tenga obligatoriedad para el creyente (cuestión que amerita de hermenéutica y recta interpretación -Magisterio). El contenido del Dios-Verdad, en el sentido concreto e histórico y no como premisa universal de corte aristotélico contiene una racionalidad intrínseca, que explora la teología, pero cuya sabiduría también puede descubrir el creyente.

 

Ese creerle a Dios y creer lo revelado por Dios se complementa por “creer en Dios”: credere in Deum”. La expresión en español es confusa, porque pareciera que se refiere al contenido de la Revelación. Pero no es así. La expresión en latín indica el carácter dinámico e inalcanzable de la fe: voy creyendo en Dios (su autoridad y el contenido de la Revelación) de manera progresiva, acortando la distancia sin que se consiga el encuentro definitivo en esta vida. Es dinamismo de crecimiento.

 

Pero este dinamismo de crecimiento supone un “creer en Dios” en el sentido de sumergirse en su experiencia, que es una experiencia de gracia que antecede, inclusive, el acto de creer. Muchas veces la gracia se invoca cuando parece difícil o confuso creer en la autoridad de Dios (¿es realmente Dios quien revela esto? ¿en verdad es Él quien está pidiendo esto en este momento?) como en el contenido de lo revelado (¿es esto lo revelado? ¿es en esto que está la llamada a su seguimiento en el hoy de la historia?). Esa gracia que hace que se nade a contracorriente, que mantiene la fe sostenida por la esperanza y animada por el amor.

 

Esta urgencia de recuperar la fraternidad, clave y sentido de la vida, debe ser, en gran parte, la directriz que guíe la estrategia de recuperación política del país (su misma gobernabilidad en parámetros compartidos por todos) y las protestas. De alguna manera significa desactivar el odio y los discursos incendiarios de cualquier parte que venga. E implica que los organismos de seguridad del Estado entiendan las limitaciones de sus acciones, sea en la cadena de mando, sea en el cumplimiento de las órdenes. No se puede mantener el orden sacrificando el camino a la fraternidad, como tampoco sería ni válido ni conveniente transitar por un estilo de protesta que visualice en el horizonte del mañana una sociedad de no hermanos o de hermanos enfrentados.

 

El justo reclamo, por ejemplo, al uso abusivo de la fuerza por cuerpos de seguridad no puede casarse con la vejación y humillación del otro uniformado. Porque su dignidad, como persona, está en su ser, no en su errático hacer. Ello conlleva evitar, por supuesto, las retaliaciones y venganzas, así como la impunidad. Una justa sentencia supone una privación de la libertad, no una condena a arrastrarse por el submundo carcelario, que no debería existir, durante cierta cantidad considerable de años.

 

Desarmar el odio es ya una ventaja comparativa y estratégica, tanto para la lucha por un país mejor, como para el ejercicio responsable y constitucional del mantenimiento del orden público. No es una defensa retórica y vacía del Derecho a la Vida. Si coincidimos con los principios, encontraremos las formas en el camino, en el tránsito hacia y en el momento en que se de un país donde quepan todos los venezolanos. Y donde los más desfavorecidos no tengan por qué ser bandera de un partido político. Aislar al odio es preguntarse por quiénes son favorecidos cuando el odio se mantiene y crece. Y no hablo de palabras. Hablo de la suspicacia que da la calle.

 

El Dios que nos ha dado la vida para la relación ha reivindicado la Palabra. Y esta Palabra resuena con especial fuerza cuando nos encontramos delante de los menos favorecidos, con una vida menguada o con situaciones de muerte y anti-vida. El ¿dónde está tu hermano? sigue teniendo vigencia (cf. Gn 4,9).

Por: Alfonso Maldonado