El Perdón

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A pesar de esta hermosa oportunidad que nos brinda la Iglesia, la mayoría de la gente es reacia a disfrutar de sacramento de la confesión.

Estamos a punto de comenzar el tiempo de Cuaresma, el cual, para los católicos, representa los cuarenta días de preparación previos a la Semana Santa, en la cual recordamos la pasión, muerte y especialmente la resurrección de Jesucristo. Este, sin duda, es el misterio más importante del cristianismo. No tendría sentido creer en un Dios que ha muerto. Toda la fe cristiana se basa en que Jesús pudo vencer a la muerte y que Dios es vida y amor. Todo se resume a eso.

Estos  cuarenta días, además, recuerdan los cuarenta días que Jesús pasó en el desierto, como preparación para su vida pública y su predicación de la Buena Nueva. En esos cuarenta días, Jesús fue tentado por el demonio. Tenía que pasar por eso, tenía que vencer las tentaciones para estar seguro de que estaba preparado para las pruebas, mucho más difíciles, que vendrían después.

Por eso, en estos cuarenta días, la Iglesia nos invita también a prepararnos para la Semana Santa, a que revisemos cuáles son nuestras principales debilidades y las enfrentemos.

PERDONA NUESTRAS OFENSAS….

Si tuviéramos que hablar de un pecado colectivo, posiblemente el más común sería la falta de perdón. No sabemos pedir perdón, ni tampoco sabemos perdonar. Para aprender a hacer eso, la Iglesia nos ofrece el sacramento de la Reconciliación.

Jesús tuvo fuertes enfrentamientos con los fariseos y maestros de la ley de la Jerusalén de su época, pues públicamente perdonaba los pecados de aquellos que le solicitaban la sanación de algún mal que padecían. Es importante recordar que para la mentalidad judía de entonces, cualquier enfermedad o defecto se consideraba el castigo de Dios por alguna falta cometida por la persona o por sus ancestros.

Cuando alguien le solicitaba el milagro de sanarlo, Jesús no se conformaba simplemente con curarlo, sino que agregaba frases que indicaban a la comunidad que esa persona también debía ser admitida nuevamente en el templo, pues su pecados habían sido perdonados. En otras palabras, Jesús predicaba una liberación integral, no sólo corporal, sino también espiritual, a través de la cual la exclusión social que sufría un enfermo, al que se le consideraba pecador desaparecía, igual que su dolencia.

Este don de poder perdonar los pecados, fue otorgado por Jesús también a los apóstoles: “lo que desates en la tierra quedará desatado en el Cielo” (Mt 16, 19).

 “YO NO NECESITO CONFESARME”

Pero a pesar de esta hermosa oportunidad que nos brinda la Iglesia, la mayoría de la gente es reacia a disfrutar de este sacramento. “La última vez que me confesé fue cuando hice la Primera Comunión”, “no, no hay remedio, yo tengo demasiados pecados y estaría como una hora hablando con el cura”, “¿por qué voy a irle a contar mis pecados a un hombre que es tan pecador como yo?”, “no, yo no pierdo mi tiempo, a mí no hay quien me perdone”. Todas estas son expresiones que comúnmente escuchamos cuando se le pregunta a alguien sobre el tema de la confesión.

La mayoría de las religiones del mundo invitan a sus seguidores a cumplir con ciertos preceptos morales: hacer el bien, no matar, no robar, no mentir, en fin, no hacerle daño al prójimo. De igual forma, cada culto religioso tiene sus manifestaciones litúrgicas propias, sus maneras de manifestar su fe y su amor por Dios. Sin embargo, los católicos cuentan con este peculiar acto, elevado a la condición sacramental, a través del cual una persona cuenta sus pecados a otra, que tiene la posibilidad de absolverlos, pero muchos se abstienen debido, en muchos casos, a que no comprenden la razón y la importancia teológica e, incluso, psicológica, de confesar los pecados.

PEDIR PERDÓN A DIOS Y A LA COMUNIDAD

Es interesante recordar que los discípulos de las primeras comunidades cristianas, para poder recibir el perdón de sus pecados, debían confesarse ante toda la asamblea y por tanto, disculparse con toda la comunidad. El sentido de esta práctica era el de garantizar que se había producido un verdadero arrepentimiento (dolor de corazón) y que existía una sincera intención de no reincidir nuevamente en el pecado cometido (propósito de enmienda).

Otro elemento importante de esta práctica es que, cuando se comete un pecado, no sólo se ofende a Dios, sino que se daña, con seguridad, a uno o más hermanos de nuestra comunidad. Por tanto, si se tiene un sincero interés de reconciliarse con Dios, se debe también hacerlo con los hermanos ofendidos y con la comunidad a la que se perjudica con nuestra acción.

Durante los siglos VIII y IX, esta práctica fue cambiando y se sustituyó por la confesión privada de los pecados, ya no en asamblea, sino a un sacerdote. Sin embargo, el sentido es el mismo: no sólo pedirle perdón a Dios, sino también a la comunidad, representada en este acto por el presbítero.

Porque para los católicos, la fe no es solamente un acto personal, sino también y sobre todo colectivo. Ya que no podrá salvarse una persona por sus propios méritos, sino por los méritos de Jesucristo, y Él murió por todos, para salvarnos a todos sin excepción. Por eso es que el individualismo y el egoísmo, en el ámbito de la fe, no tienen ninguna cabida y de ahí la importancia de aprender a pedir perdón y, también, perdonar a los que nos ofenden.

Por: Mary Pili Hernandez / @marypilih

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